Así fue como comenzamos a estar solas: cogimos nuestras cosas, las metimos en la maleta y nos reunimos para instalarnos en nuestra nueva pieza colectiva. Nuestros padres lloraron como si presintieran nuestras labores terribles. A su pesar fueron precisamente ellos quienes nos dispusieron lo necesario. Tan espléndidos siempre ¡Todos! los de las nueve (porque eramos nueve) ni más ni menos. La intención era llegar adonde fuera necesario, rozar el límite si fuera necesario. Estábamos dispuestas a disponerlo todo, a prescindir de todo si era el caso, con el único fin de conseguir nuestro objetivo. Teníamos que apoyarnos entre todas, porque nunca lo hubiéramos logrado en nuestras casas, no con esa cocina multiaromática de nuestras madres... ah, nuestras bellas madres, siempre tan cálidas, siempre con esa... necesidad tan suya de... alimentar... alimentar... alimentar...
Sólo entre nuestros miembros nos comprendíamos. Jamás habría reproches, ni quien nos obligara a destruir nuestros sueños, o era lo que creíamos al principio. Así que una, la cinco, fue la que hizo el trato con el arrendador. La renta la pagaríamos entre las nueve, la cifra dividida en nueve partes iguales. Adquirimos máquinas de ejercicio, cremas lipo-reductivas... mascarillas faciales, medicamentos de esos... de esos que sabes lo que te hacen... laxantes... y de más, todo lo necesario para garantizar nuestra inversión.
Ahí estábamos todas el primer día: al comedor en nueve sillas, con los nueve manteles, nueve ciruelas pasas remojadas en agua en nueve vasos. Nos fuimos a dormir en nueve camas a las nueve, luego de practicar nueve rutinas de ejercicio con las nueve pelotas de pilates -que apenas si cupieron en la sala de estar-. A la mañana siguiente nos moríamos de hambre. Yo recuerdo muy bien lo que pasó ese día, Vania pidio una pizza, la cortamos en nueve rebanadas, pero la vomitamos en seguida en nueve placas de metal antiadherente. Lo demás fue más fácil, teníamos que demostrarnos las unas a las otras que eramos fuertes, y que eramos dignas de cumplir ese pacto por amor a lo bello, a la belleza que nos esperaba.
Durante nueve meses continuamos así, el trato era estar juntas, mantenernos unidas. Comíamos todas juntas, vomitábamos juntas, nunca antes, nunca después. De alguna forma manteníamos el régimen. Fue más sencillo así. Nuestras familias lo notaron en seguida, decían: "pero qué bien les han sentado la independencia y la convivencia entre ustedes" "te ves preciosa, mija, qué te hiciste" pero realmente ninguno sospechaba del pacto que teníamos, bueno, sólo hubo alguien...Vanesa... Brenda.... Lilia, no recuerdo su nombre, tenía un odioso hermano que decía que nosotras... eramos un ejemplo de una modalidad de secta alimentaria, o algo así, qué torpe. En fin. Todo iba bien. Parecía ir todo de maravilla. Cuatro de nosotras ya habíamos conseguido trabajo en una agencia de modelaje, las otras, las más jóvenes, aún estudiaban en la universidad y trabajaban eventualmente como edecanes en diferentes empresas de banquetes para aportar su cuota cada mes. Todo pintaba tan bien. No sé qué salió mal ¿Dónde fallamos?
Los problemas surgieron cuando nos acercábamos a esa perfección tan anhelada. Se había convertido en un infierno, en una verdadera carrera. Yo siempre estaba mareada, todo el tiempo tenía sed pero sentía... que hasta el agua me hinchaba. Y presentía que las demás confabulaban en mi contra porque, claro, yo era la más guapa de todas. Y la idea fue mía. Fue tan triste. Ah, como las odié.
María sólo tenía dieciocho años... y la dejamos morir en esa horrenda clínica. Sus padres estuvieron a punto de matarnos, pero el dolor, la culpa que sentían hacia sí mismos los detuvo. Nos fuimos separando poco a poco, no sé ni dónde están ahora o si están vivas aún. Y yo me estoy muriendo. No sé qué es lo que siento, si es ira, si es envidia, si es dolor... no sé... Me duele el alma. Mi alma se me seca en este horrible pozo. Veo fantasmas. Mi vida está repleta de fantasmas.
Y yo sé que ellas sufren este infierno también. Pero ya no me importa. Que se pudran también. Que se joda la vida. Todo se salió de control.
Los problemas surgieron cuando nos acercábamos a esa perfección tan anhelada. Se había convertido en un infierno, en una verdadera carrera. Yo siempre estaba mareada, todo el tiempo tenía sed pero sentía... que hasta el agua me hinchaba. Y presentía que las demás confabulaban en mi contra porque, claro, yo era la más guapa de todas. Y la idea fue mía. Fue tan triste. Ah, como las odié.
María sólo tenía dieciocho años... y la dejamos morir en esa horrenda clínica. Sus padres estuvieron a punto de matarnos, pero el dolor, la culpa que sentían hacia sí mismos los detuvo. Nos fuimos separando poco a poco, no sé ni dónde están ahora o si están vivas aún. Y yo me estoy muriendo. No sé qué es lo que siento, si es ira, si es envidia, si es dolor... no sé... Me duele el alma. Mi alma se me seca en este horrible pozo. Veo fantasmas. Mi vida está repleta de fantasmas.
Y yo sé que ellas sufren este infierno también. Pero ya no me importa. Que se pudran también. Que se joda la vida. Todo se salió de control.
