Crónicas del Transporte Colectivo
Sobre las calles de esta gran ciudad caminan toda clase de bichos No todo lo que se cuenta aquí es demasiado cierto, ni demasiado ficticio, ni demasiado mío, ni demasiado de otros. Y casi nunca estamos lo suficientemente a tiempo. Pero aquí andamos. Aquí vamos.
lunes, 7 de mayo de 2012
miércoles, 2 de mayo de 2012
Esto de ti
Si me queda el recuerdo de quererte
y queda el mar, las olas, mi presente,
tu presente
y se aparta el reloj que miraremos cuando...
...cuando tengamos todo menos tiempo,
cuando tengamos TODO menos paz,
menos adiós
menos segundos.
¡Menos mundo!
Cuando todo eso pase
y se exfolie la herida de la voz
que me nace
-a borbotones sobre tu silencio-
y se ponga en función de una canción
sin lápidas ni nombres y se clave
la tinta en un papel
sin bordes;
cuando ese instante llegue...
Cuando me pidas pausa
para no detenerme y ya no piense
ni pienses.
Cuando ese instante
llegue
sabremos que has nacido
que he nacido y crecimos
para morir los dos en uno mismo.
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domingo, 29 de abril de 2012
Lupus
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| My Summer Wine. Adrian Borda |
Al principio pensaba que eran duendes, y antes de eso, que teníamos un nido de ratones en algún lado. Los veía corriendo debajo de la cama; sobre y junto a los muebles. Sus diminutas sombras se arrastraban, huían, por todas partes, tan veloces y amorfas que eran inadmisibles en cualquier sano juicio. Me enloquecieron pronto. Sabía que me acechaban en la calle; me espiaban en el baño, en la sala, en la cocina. Me sentía invadida. De día, de noche, siempre, a cualquier hora. Hasta que finalmente me rendí. Sí, me resigné a tener que compartir mi vida con ellos. Y dejé de prestarles la menor atención.
Tal vez aquel ritual de indiferencia hirió sus sentimientos porque así conseguí que me dejaran en paz, al menos unos meses, y debo confesar que durante ese tiempo los comencé a extrañar. Ya sé que suena absurdo, pero es verdad. Me los imaginaba jugueteando en el patio, pero no. Estaba sola. Aquello me debilitaba. La soledad es más terrible que cualquier compañía sobrenatural.
Fue en una noche de esas -en que me desvelaba leyendo a Tagore. Y no, no aprendí nada-. Me dormí poco a poco con la linterna en la mano. En mi sueño escuchaba un resoplido extraño traído desde lejos. Era como un gemido, un murmullo monótono que se reproducía incesantemente dentro de mi cerebro. Yo lo sentía mecánico... lejano... interminable. De pronto sentí sed, de esa sed que te asalta de manera violenta, de esa sed que es capaz de perturbarte hasta en el sueño más hondo. Me levanté de súbito; la habitación era una capa inmensamente negra; la ventana del cuarto estaba a penas coloreada por un rayo de luna. Afuera, la ciudad dormía ciega. De repente hubo un grito que partió en dos la noche. Era como el aullido de algún perro salvaje. Eso. Y nada más. No más antecedente, ninguna consecuencia que ese silencio árido impenetrable: silencio de panteón. Yo ya no sentía sed, sólo cansancio, un cansancio terrible. Me desnudé en la oscuridad y me metí en la cama pero no me dormí. Permanecí alerta, con los ojos abiertos a pesar... de que no existía nada que mirar. Entonces tuve miedo. Una especie de vaho brotaba de mi abdomen. Avanzaba despacio, escurriéndose espeso por mi cintura, condensándose adentro de mi ombligo. Se evaporó de nuevo. Resurgía de pronto como un hálito tibio que escalaba en mi pecho. Pero aquel movimiento, aquella agitación húmeda y estertórea fue tan solo el presagio de algo mucho más grave. Sentí cómo brincaba sobre mí. Era un animal raro, ni perro, ni gato. Era gigante. Me encajaba sus patas en las costillas, en las caderas. Y su aliento caliente vagaba por mi cuello una y mil veces.
Yo me quedé aterrada, pasmada, inmóvil... silenciosa. Eso estuvo quién sabe cuántas horas trepado sobre mí. Hasta que su presencia se fue debilitando con el alba. Se disipó su rastro como el de una fragancia. Me encontré en la mañana con los ojos rojísimos y la garganta seca. No había electricidad. Me vestí, fui a la escuela, vi a mis amigos, fui a la cafetería... Hice todo mi día como si cualquier otro. No dije nada a nadie.
Por la noche ahí estaba nuevamente. Distrayendo mis ansias y mi miedo con la fe de Tagore, y contra la ventana. La ciudad era otra. El hambre, el fuego, el tiempo, la humedad era otra. ¿Regresaría por mí? Dicen que los nahuales son cosa del infierno. Este podo haber sido el mismo diablo, el demonio desnudo pero, y qué. Era mío. Y de nadie. Yo tampoco era nadie. Yo también era nadie. Y volvería por mí.
Pasaron tantas horas. Luego apague las luces y me dormí. Soñé. Soñé con grandes nubes y máquinas eólicas, grandes molinos de agua, rostros que no acababan de formarse y dos inmensas manos destapando botellas de sidra de manzana. Desperté poco antes del amanecer. Sentía el cálido peso de una mano en mi vientre, una más encajada en la pared interna de mi muslo derecho. Yo respiraba a penas lo necesario. El reloj avanzó hasta que desaparecieron todas las sombras. Devuelto el día ruidoso sobre el mundo. Y a la vida de siempre.
-En los últimos siglos -bromeaba con Aída-, tuve sexo con miles de planetas de todas las galaxias, pero esto... Esto en verdad es nuevo para mí. A nadie más le dije. Ella también vivía con el lupus. Por eso me entendía.
Y pasaron los días, pasaron las semanas. No importaba la forma en que llegara, fuera como aquel lobo milenario, esa estampida de alas de murciélagos, ese manojo de hierbas que sacudía mi piel tan suavemente... o como aquella multitud de manos que subían y bajaban por mi cuerpo, veloces... tan veloces y mágicas que se perdían de pronto -así las vi brincar sobre los muebles-. No importaba la forma, me había acostumbrado tanto a él... Tanto...
La última vez que estuvo sobre mí lo entendí todo. Fue como si los dos supiéramos que esa sería la última. Lo supimos a tiempo. Lo ignoramos a tiempo. Se encajaron sus garras en mis costillas, aquel manojo de ansias subiendo y bajando con su velocidad irreductible. Por última vez, mis poros recibieron ese vaho, ese vaho que brotaba de su hocico de lobo. Me soplaba en el cuello, me buscaba la boca -al mismo tiempo huía de mi boca-. Se quedó quieto un rato como si me estuviera contemplando. Nunca vi aquellos ojos avanzando como un barco en el agua. Jamás conocí el mar. Luego me estremecí. Sentí ese tacto helado de su nariz clavándose en mi cara, la humedad de su lengua sobre mis labios, sus afilados colmillos. Aquel hálito hirviendo que llenaba mi boca con su nombre... Darío... Ese beso fue el fin -y el principio- de todo. Vino la transformación, y la muerte y la vida como una sola cosa. Ya me sentía completamente poseída por él. Y sus temibles garras ya no eran la punta de una lanza letal perforando mi abdomen; sus colmillos se habían reducido; ese jadeo incesante y estertóreo se transformó en su voz. Eran mías sus manos, mía su cintura fálica y humana, mío todo su peso... y el declive tangible de su espalda; sus cabellos negrísimos... y sus ojos negrísimos y vivos. Materialmente mío y desde el alma. Me abandoné completamente a sus/mis primitivos instintos. Acabamos vencidos en la sangre; en huesos, carne y polvo: enredados en polvo. Vueltos polvo.
Arena que, algún día, alguien devolvió al mar.
miércoles, 25 de abril de 2012
Calor y vendavales
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Fotografía: Paolo Paganini
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Nunca antes vi un cielo de ese tono, de un violeta tan vivo y nubes algodonosas de este lado y de ese otro repartidas a torpes pinceladas llenas de humor infantil. Y ese viento... Ese viento azotaba los árboles, deshizo en un suspiro las delgaditas ramas del liquidambar, tiró las hojas verdes que hicieron una alfombra en la alameda y un rumor, un rumor... No, qué digo un rumor. Ve tú a saber qué escandalosas confesiones eran traídas por aquel viento loco. No. Tampoco es que me quiera distraer de lo que verdaderamente me interesa contarte pero, me da tanta vergüenza tener que confesar algo así. Nunca me ocurrió algo parecido. Jamás. Jamás en la vida. Para empezar los baños resultaron ser una cosa extraña. Eran muchos, el pasillo era largo y en algunos lados faltaban las puertas, en donde sí las había los cerrojos estaban mal colocados y resultaba inútil tratar de asegurarlos. Incluso se escuchaba un ruidito producido par el agua que brotaba de las cajas.
Era uno de esos días en que ya no sabía ni quién era yo. Había vuelto de dar la última vuelta al parque con la ropa llena de bugambilias y de ramitas secas. Ve tú a decirme dónde las cogí. Pero en fin. Entré a los sanitarios a sacudirme la blusa, me detuve en la entrada para pagar la cuota, a unos cuantos pasos se encontraba una muchacha vestida de rojo, la miré, y entonces ella reaccionó como quien ha sido acusado de un delito muy grave, bajó la vista y caminó unos pasos hacia atrás, la seguí con la mirada unos instantes y luego entré en los baños que, como ya dije, no estaban en muy buenas condiciones. Me retiré hasta el ultimo y ahí me saque la blusa para quitarme las ramitas cuando noté que la puerta se abría. Luego entró ella y me abrazó con fuerza, con un extraño tipo de lujuria desconocido entonces para mí. Claro que intenté quitármela de encima, al principio. Cuando menos lo pensé mi cuerpo le correspondía todos sus abrazos, todos sus besos, sus caricias veloces y su pequeño cuerpo me pertenecía, su piel desconocida era aquella canción una y doscientas veces repetida por mi soledad, su blusa roja y la cinta que llevaba en el cuello que yo le desaté para morderla. Jamás hice el amor con tanto amor en mi vida. Hasta que alguien llegó y seguramente se escandalizó al descubrirnos. Dos inmensas mujeres nos arrastraron a la entrada. Lo que ocurrió después no me interesa. No volví a verla. Nunca más volvía a verla.
Varios meses después seguía torturándome con la misma terapia psicológica, tratando de asimilarlo u olvidarlo, lo que fuera primero. Mirando aquel hecho desde todas las perspectivas, desde mis anteriores fracasos con los hombres. Todo para arrojar la conclusión de que lo había imaginado todo.
"Tienes que aceptarlo, Margot -dice la terapeuta-, tienes que aceptar que las cosas pasaron y no negarte a hablar de ello". Y aquí estoy, contándolo otra vez.
"Tienes que aceptarlo, Margot -dice la terapeuta-, tienes que aceptar que las cosas pasaron y no negarte a hablar de ello". Y aquí estoy, contándolo otra vez.
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| Egon Schiele. Zwei sich umarmende Frauen. 1911 |
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martes, 24 de abril de 2012
Popocatépetl e Iztaccíhuatl.
Leyenda de la hermosa Xochiquetzal, quien murió de pena y amor, hoy yace convertida en la nívea montaña conocida como Iztaccíhuatl y su amante fiel, convertido en el Popocatépetl vigila su sueño.
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| Toma de los volcanes desde el mirador del Santuario de la virgen de los Remedios en la ciudad de Cholula, en Puebla. México, 2011 |
Etimología:
Popoca: Echar humo
Tepetl: Cerro
Íztac: Blanco
Cíhuatl: Mujer
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sábado, 21 de abril de 2012
Urgencias
¡Ya! Está claro: temblores, accidentes, las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina (donde las putas se paran a decir sus campañas), densas nubes de gases y ceniza, lo que los noticieros llaman, y desde ahí la gente llama, "alerta volcánica". La gente espera -no esperan nada pero esperan-. Lo dijo el otro día el tipo que acomoda los camiones, buses y microbuses, en la primera parada de la Ermita, uno o dos días después del primer sismo. Yo estuve ahí, me acuerdo:
-No, señora, esto apenas comienza. Se espera un terremoto de 9.5 grados... Será mucho peor que el del ochenta y cinco. Ya en estos días va a ver. Tal como les pasó a los japoneses, sólo que aquí no hay mar. Es que ya hay mucha corrupción, mucha maldad. El mundo se depura. Si nos toca ni modo, uno ya vivió, lo triste son los jóvenes. ¡Súbale Iztapalapa, Puentetitla, con lugares, súbale...!
-No, pues sí ¿qué nos queda? Rezar.
Y esto es lo que nos queda: escribir en un blog sin ninguna otra excusa que escribir (de sismos y accidentes, aunque para eso existan los periódicos) Porque se nos acaban los pretextos, porque la inmensa cama ya no está tan inmensa. Se nos acaba el amor, el papel y la vida, y hasta la eternidad. También la eternidad se nos acaba. Lo dijo Jaime. No estuve ahí, pero también me acuerdo:
"¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras
me dirás que te amo? Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba."
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viernes, 20 de abril de 2012
jueves, 19 de abril de 2012
Para que escuches la lluvia
Lluvia, truenos, nostalgia y otras cosas, trajo para mi cuerpo, otra vez, la máquina de las tardes. Y la vida me explica que no vas a volver, no al menos este día. Porque en tu corazón llevabas la semilla de otras tantas noticias. Yo no sé si es que iremos a recontarlo todo. Tus ojos siempre fueron del color de los ferrocarriles aparcados por siglos bajo el musgo. Se han quedado esperando, esperando, esperando... el retorno del tiempo.
Desconozco si vamos a escribirlo todo. Puede que con los meses se olviden las palabras; la forma de sostener una esperanza, es decir, una pluma, un lápiz, un bolígrafo; una fotografía que no ha sido revelada; la impresión de la tinta sobre el papel del tiempo. Y el color de la noche cayendo dulcemente sobre tus ojos fijos.
Fotografía: Joyce Tenneson. Suzanne holding mirror
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lunes, 16 de abril de 2012
Sólo boletos
¡Tú qué vas a saber! si en tu vida la has visto. Es tan linda... sus manos son tan pequeñitas, sus uñas tan blancas, sus ojos tan pardos, su boca tan redonda, nunca he visto su cuerpo pero y qué, sé que es perfecta. Estoy enamorado.
Siempre es lo mismo contigo, todos los días es igual. Es el colmo. No te importa tener que levantarte veinte minutos antes, no te importa que hoy la fila este mucho más larga que ayer. Nunca has pensado siquiera en comprar más de un boleto. Por esos tres segundos en que miras su pelo y hueles su perfume a través del cristal de la taquilla no te importa nada.
Pero ya pronto, un día... uno de estos días la invitaré a salir. Sí, eso haré. Si es necesario esperaré todo el día junto a los torniquetes, si es necesario faltaré a la escuela. Esperaré hasta que haya terminado su turno y a ver qué se me ocurre para hablarle. Mañana... mañana...
¡No puede ser! ¡Ella se ha ido! En su lugar han colocado un rectángulo frío con botones de luz intermitente. "Recargue su tarjeta" dice. Yo me quiero morir. A partir de mañana viajo en bici.
sábado, 14 de abril de 2012
jueves, 12 de abril de 2012
La ciudad es otra
Todos se han ido,
ya no hay ruido, no hay ron y yo
te amo
como si no pasara nada…
y tu cuerpo se abre como un poema en la lluvia
Se abre tu ser
tu filo, aquí también
te amo
como si no pasara nada más
como si ya no hubiera más noticias…
ya no hay ruido, no hay ron y yo
te amo
como si no pasara nada…
y tu cuerpo se abre como un poema en la lluvia
Se abre tu ser
tu filo, aquí también
te amo
como si no pasara nada más
como si ya no hubiera más noticias…
…Entonces
miro por la ventana
y descubro que el mundo sigue ahí
Desde donde tus ojos ya no me miran
tu alma humana reúne un sueño dividido
miro por la ventana
y descubro que el mundo sigue ahí
Desde donde tus ojos ya no me miran
tu alma humana reúne un sueño dividido
Los planetas lejanos
me arrebatan
tu imagen
Y vuelvo a amarte
como si no importara nada más
tu imagen
Y vuelvo a amarte
como si no importara nada más
Llueven eternidades
mientras la noche espera a que despiertes
tu ser palpita
mientras la noche espera a que despiertes
tu ser palpita
y
tu latido hunde el mundo y la ciudad
es otra
tu latido hunde el mundo y la ciudad
es otra
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miércoles, 11 de abril de 2012
Anécdotas de casa
Ella siempre fue así... como quien dice... "ruleante", entrometida al grado de volverse predecible, predecible y molesta, y no por ello menos sorprendente cada vez.
Entonces no podías tener una conversación tranquila en la sala porque, a fuerzas, la veías meter su cuchara. Ah sí... esa mujer quería estar en todo, se las sabía de todas las maneras, a todo el mundo lo mataba sin duelo en su imaginación, tremenda cabecita la suya. Si mi hermano sudaba sobre la mesa, así todo enchilado por la salsa de sus tacos, comenzaba la abuela con su famoso cuento de siempre:
-Yo conocí a un muchacho, así como tú, que un día estaba comiendo salsa verde. Y luego ¿qué crees?
- ¿Qué?
-Se le subió al cerebro y se murió.
Y así era siempre. Una vez mi hermana casi se ahoga con su bebida, y en lugar de que la abuela le diera una palmadita en la espalda le dijo (con su tono mordaz) :
-Yo conocí una vez a una muchacha, que un día estaba tomando agua, así como tú. Y luego ¿qué crees que le pasó?
-¿Se murió?
-NO, qué va, se le subió a la nariz... y después al cerebro... y después se murió.
O como el día que... estaba con mi novio -y todos- en la sala mirando una película. Pues ¿no llegó la abuela a sentarse precisamente en medio de los dos a interrumpir la escena? Ya te imaginas, ambos nos miramos de reojo, y ese silencio incómodo interrumpido por la voz de la abuela entre nosotros.
-Oye, ¿¡Que! ese no es el que estaba en el hospital? ¿Pues, no que estaba muy grave? ¿O ya se murió?- gritaba señalando a uno de los actores en la pantalla.
-No abuela, ya deja a los muchachos en paz. Ven, siéntate acá.
Y la abuela:
-¿Qué?
Y mi hermana:
-Que te pases pa'acá que no dejas ver.
Y la abuela (más fuerte):
-Qué!?
Y mi novio:
-Ahorita vengo, voy al baño.
Y yo así de:
-Te acompaño.
Pues, ¿me creerás que sólo así la abuela se levantó del sofá? Pero no más lo hizo para ir tras nosotros a seguir con sus cosas.
Y así era siempre. Y no creas que esto vino con la edad, como ya te expliqué, ella siempre fue así. Desde que era joven, desde que yo me acuerdo. Y te puedo asegurar que todo lo que hacía lo hacía de mala fe.
Un día encontré a mi sobrina pequeña arrodillada en el suelo junto a la abuela con el brazo estirado hacia adelante. Y la abuela le decía:
-A ver, niña, vamos a rezar, repite después de mí: "Padre nuestro que estás en el cielo... santificado sea tu nombre..."
Y mi sobrina:
-"...venga a nosotros tu reino, hágase, señor, tu voluntad en la tierra como en el cielo..."
Y la abuela:
-¡Bandera de México!
Y mi sobrina
- ¡Bandera de México! Legado de nuestros héroes...
*(Ver nota al final de este Post)
¿No te parece el colmo? Pues no, tengo muchos ejemplos que contarte.
A mi abuela le encanta la televisión, siempre saca material para sus ocurrencias de la televisión. En una transmisión de los Juegos Olímpicos se le ocurrió decir:
-Pues los aztecas también tenían sus olimpiadas.
A la abuela le encanta que uno la contradiga y que desacredites sus sapiencias. Le encanta que la hagas repelar:
-No, abuela, no eran Olimpiadas...
-Sí, sí, sí... tenían sus Oimpiadas. Corrían en el pasto con sus tenis Nike.
-Jaja, que no, abue, en ese tiempo todavía ni se inventaban los tenis.
-Que sí, te digo, corrían con sus tenis N-i-k-e. Y golpeaba en la mesa totalmente segura de sus divagaciones.
Y eso no es todo, un día estábamos viendo un documental sobre los egipcios y la abuela escuchaba de lejitos. Ya cuando terminó se acercó despacito. En tono firme dijo:
-Pues sí. Sí es cierto lo que dicen ahí, si es cierto que Ramses se murió. Pero ahí no te dicen toda la verdad, porque ahí no te hablan de su hermana, ahí no te dicen cómo se llamaba su hermana... de Ramses... ¿y tú sabes cómo se llamaba su hermana?
-No, abuela ¿cómo se llamaba?
-Se llamaba Concha.
-¡Cómo se va a llamar Concha abuela!
-Sí, se llamaba ¡Concha!
Y todavía enfatizaba galopando sus dedos en la mesa: C-O-N-C-H-A
Pues, ya ves. Esta es mi abuela. Con sus ochenta y pico sigue siendo y será todo fenómeno. Tremenda mi abuela, famosa entre mis amigos, aquí te la presento, porque como ella... no hay dos.
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