lunes, 10 de febrero de 2014

Asisto a mi funeral como doliente

Recuerdo cuando acompañé a mi novia (mi novia de aquellos días) al funeral de su prima, un acontecimiento de esos que no se olvidan. 

    La noche anterior, el cuerpo de la prima fue velado en una funeraria local, estaba acomodado en un ataúd de madera corriente. La familia iba y venía sirviendo café y nadie, salvo mi novia, parecía dolerse con sinceridad de la muerte de la chica. Nunca la conocí, y me sentía ajeno en ese sitio. Me acerqué al ataúd para mirar su cara, me pareció bonita. Era joven y los pómulos blancos le brotaban del rostro como queriendo decir una última cosa. 
    Ya en el cementerio, la gente parecía desesperada, sus miradas apáticas parecían gritar que les urgía que bajaran la caja para poder marcharse.  Mi novia se acercó a mí buscando refugio, su cara se veía realmente conmovida: "Me falta el aire", me dijo, y un segundo después se desvaneció. Las mujeres se volvieron locas, corrieron a la camioneta en busca de alcohol para reanimarla. En medio de todo este alboroto, una muchacha vestida de negro se acercó a la fosa y se inclinó para mirar el ataúd, se agachó para recoger tierra del suelo y entonces pude ver su rostro: me quedé pasmado. 
    Nadie parecía mirarla excepto yo. Arrojó la tierra dentro del hoyo y sonrió con exquisita frialdad —me parece exquisita cuando la recuerdo—, luego se dio la vuelta y se marchó tranquilamente sin mirar atrás. Era completamente idéntica a la mujer que acabábamos de enterrar.
    Cuando mi novia recobró el sentido, los empleados del cementerio terminaron de llenar la fosa, colocaron la lápida y todos nos retiramos aliviados. En el camino se respiraba tanta algarabía que me sentí más incómodo. En la casa de mi novia ofrecieron una comida de agradecimiento, como si todos los que fuimos al entierro les hubiéramos hecho algún favor.
  
—¿Por qué no me dijiste que tu prima tenía una gemela?— le pregunté cuando la vi más relajada, tomando té en la terraza, sola, abismada en una fotografía de la muerta. Se volvió a mí extrañada y exclamó: 
—¿De dónde sacas eso? Clara no tenía hermanos, era hija única. No tenía ni novio, era muy unida a sus padres pero ellos fallecieron hace seis años. Desde entonces, ella comenzó a apartarse de la familia, se volvió una persona muy apática, incluso cruel—.Siguió mirando la foto y se olvidó de mí. Luego agregó: 
—Tenía un humor bastante extraño ¿sabes?, una vez me dijo: "Acabo de leer un libro que trataba sobre un hombre que moría y amanecía en un cuerpo que no era el suyo, entonces, telefoneaba a su casa y se enteraba de que había muerto, pero no lo podía creer, así que tenía que asistir a su entierro para comprobarlo. Ahí se daba cuenta de toda la hipocresía por la que estuvo rodeado durante toda su vida. Así que, cuando muera, iré a mi propio entierro y hablaré mal de mí, odio la hipocresía más que cualquier otra cosa." Yo le dije "Ya duérmete, estás hablando puros disparates." Y mira, la acabo de enterrar. Y a toda esta gente ni siquiera le importa, qué bueno que no está para ver esto, no le gustaría nada.    
    Ella se quedó turbada unos segundo mirando algún rincón. Luego añadió: 
—Y ahora que recuerdo... después, cuando yo creí que ya se había dormido, dijo: "Es en serio, cuando me muera, iré a mi funeral sólo para decir... no lo sé exactamente: 'qué bueno qué se murió'... o algo así."