Tocaban a la puerta. Era la quinta vez que llamaban a la puerta y yo iba y la abría y no encontraba a nadie. No había nadie. Nadie detrás de la puerta que hacía sólo un momento habían golpeado con vehemencia; nadie en el pasillo, ni más allá; nadie detrás de la reja ni doblando la esquina de la calle. Nadie, pero lo que se dice "nadie" con absoluta franqueza.
¿Y Dixie? Ella estaba en el piso del recibidor jugando con sus cubos de madera. Era la quinta vez que le decía que recogiera sus cosas y se fuera a jugar a la sala, pero ella parecía no escuchar, no respondía, parecía que se había vuelto completamente sorda.
Y el doctor había dicho que era necesario practicarle otros estudios. "Sospecho que es Asperger", dijo el doctor. "Debemos practicarle más estudios", dijo el doctor y le hizo más estudios. No le gustaban esas fugas momentáneas.
Salvo por esos periodos de sordera, Dixie se comportaba como una niña de seis años normal: interactuaba con otros niños, reía a carcajadas cuando algo le parecía gracioso, le gustaba la música, el cine para niños y pintar con acuarelas y crayones. Le gustaba pintar. Y yo, naturalmente, como hacemos todos los padres de hijos únicos, guardaba todas sus láminas. Porque los padres de hijos únicos vemos en ésos, sus primeros intentos de poesía, pintura o qué sé yo, la revelación filosófica más grande de los tiempos. Yo era como una madre normal, sus primeras palabras las guardé en una caja de seguridad como si se tratara del Rig Veda. Aparte, sentía que en esos trazos se encontraba cifrado el inmenso mensaje que ella pretendía comunicarme.
La amaba tanto, no amaba a nadie más que a esa criaturita de cabellos castaños que sólo estaba en mi mente.
