Tarde de lunes
Miro por la ventana, la lluvia azota
fuerte contra el asfalto, es difícil escuchar otra cosa que no sean las gotas;
se rompen y se estrellan y todo en esta casa son sonidos de lluvia y
destrucción de gotas. A pesar de eso, escucho sus rasguños afilarse en la
noche, escucho la fricción de sus pequeñas garras en contra del cristal de la
ventana que me separa del mundo, escucho su llamado al otro lado del tope. Quisiera
que el sonido viniera de la calle y no de mis recuerdos, quisiera abrir la
puerta y verlo entrar; a él también le daba mal de amor cuando llovía, a él
también le dolían estas noches azules. Miro por la ventana, voy a dejarla abierta,
por si acaso.
Madrugada de martes
Es todo, me resigno: no puedo dormir. Miro por la ventana
—ya no llueve y ya no caen relámpagos, ya no llueve— y la calle es un
mar de peces tenebrosos: se fue la luz en toda la manzana, se fue la lluvia pero
tú te quedaste… y no dices nada, no haces nada, no eres más que nostalgia.
Dolor, dolerme, eso eres, eso haces.
Miro por la ventana una vez más: el árbol bajo
el que está enterrado —mi gato muerto— Beige. Tiene frío —estoy segura de
que tiene frío — y no encuentro la pala para desenterrarlo.
Jueves por la mañana
¡Ya por fin lo entendí! No está en mi mente, realmente
está allá afuera, esperándome. Ya no tiene los ojos azulísimos y la boca de círculo.
Ya no tiene esa forma de algodón que hacía más llevadero este cansancio; sus
orejas de triángulo no lo son más. Ahora tiene el aspecto de una naranja, redonda
y abundante como esta tristeza. Ahora sé que hay trozos de su ser en todo lo
que lo rodeaba. Ahora sé que nunca murió.…
—¡Oye! ¡Niño, deja eso! ¡No te comas
a mi gato!