Él ya estaba desnudo cuando ella volvía de la cocina con una humeante taza de chocolate amargo. No entiendo el mundo, se dijo. Tú eres todo lo que tengo, todo lo que necesito, le dijo y al instante se miraron sin verse, se abandonaron mutuamente, se espiaron desde la sombra proyectada en la taza de cerámica. Luego el espeso líquido se derramó sobre el tapete de "Bienvenida". Era verdad que se necesitaban, era verdad que se necesitaron a partir de ese momento.
Abandonaron sus recuerdos, sus vidas solitarias y los muertos que por meses y siglos arrastraron sin descanso. Se cubrieron de olvido y se olvidaron.