miércoles, 17 de agosto de 2011

De presión atmosférica

Y la brisa de otoño le sacudía el cabello suavemente, ligeramente y lejos, a lo lejos, la ciudad se encendía y se apagaba gimiendo, retorciéndose a gritos y crujidos hirientes.  Todo lleno de humo.

-Señorita, no puede estar aquí-, musitó una persona vestida de intendente.

-Bien, entonces me iré- ,dijo.

Una ola, dos olas... a treinta mil kilómetros del mar. Sal, corales y lluvia. No puedo estar aquí.   De ese modo, me voy. Yo ya me voy. Unos segundos más y me habré ido.

-¿Señorita?

No dijo nada más. El intendente no sabía qué hacer, ya comenzaba a impacientarse mucho. No tenía idea de lo que estaba pasando a su alrededor, sólo tenía una imagen de lo que estaba a su delante. Y frente a él había una mujer. Tenía más bien la imagen de una  mujer de aproximadamente veinte años, esbelta,  trigueña, de cuerpo suelto, pelo suelto, aire suelto. El viento, también suelto,  le hacía juegos eróticos en el vestido, giraba en torno a ella el lento otoño y una música dulce que venía de algún sitio. Frente a él sólo había una mujer, una mujer sin tiempo, sin edad, en fin: una mujer. En un segundo estaba. En otro no.

Ahora, se hallaba descubierto, él tan completamente solo, en la azotea del hospital , con la vista, los cielos, los volcanes, el mar. El mar sangraba sal a treinta mil kilómetros (tal vez menos, tal vez más). Sobre el último piso de hospital un hombre más hacía respiraciones; debajo de él,  hombres con bata blanca que empujaban camillas por doquier; más abajo, una escuadra  de enfermeras que incrustaban agujas con vacunas  en contra de algún virus -quizás-  inexistente. Más abajo el oprobio, las personas ansiosas de una ansiedad airosa, recaudada... frenética.

"Salud". Chocaron las dos copas de la cafetería de la planta más baja.

A sólo cinco metros: el pavimento herido del impacto, retocado de sangre y una  gigante grieta conectando los gritos de la gente, de los que circulaban alrededor de cuerpo, del cadaver -corrijo- de una joven  (de aspecto suelto, con el cabello suelto).

El alma suelta  miraba desde arriba.


Imagen : Vladimir Dunjuc

Libélula
13 de Agosto