jueves, 1 de noviembre de 2012

A nadie le extraña

Sí lloro,  lloro mi humanidad pero no de coraje ni de impotencia, ni de amor ni dolor. Lloro de  auténtica tristeza.  Lloro y miro a los niños con sus caras pintadas y sus lindos disfraces de fantasía corriendo por las calles infestadas de gente con sus  calaveritas de colores repletas de dulces y monedas de cambio.  Parecen el presagio de los años que vienen y éste... éste no es el entorno que quiero para  ti. Aquella  chica no tenía ni quince años.  Yo  los  vi  cuando estaban parados a la orilla  del  Eje 6 Oriente,  eran tres, uno de ellos  hizo la parada, pero no parecía que tuviera muchas intenciones de subirse,  el otro chico  silbó y el chofer se detuvo un par de metros  adelante, entonces se aproximaron y subieron, pagaron sus pasajes y el chofer  estiró su mano con el cambio sin retirar la vista del volante. El  chico  no tomó el dinero, miró  al interior  del microbus examinando los rostros apagados de los pasajeros, la muchacha  recibió el cambio y el chico  se volteó hacia el chofer y le dijo una cosa que no recuerdo, o no alcancé a escuchar a pesar de que venía en el primer asiento de la izquierda. Entonces algo se rompió  adentro  de  nosotros,  el mecanismo colectivo se activó de pronto.   El chico se descubrió la  chamarra  y se llevó  la mano a los bolsillos para mostrar la pistola, la sacó,  apuntó con ella  a algunos rostros y gritó. Y la muchacha   repitió la orden y pasó a los lugares y en cuestión de  segundos todos  comenzaron a depositar sus teléfonos celulares en una bolsa de plástico azul. El hombre que venía junto a mí tenía tan mal aspecto que no le dijeron nada, pero a mí sí, le entregué  mi dispositivo a la muchacha y ella lo tomó de mala gana. "Tu celular, hija" dijo el chico con la pistola en la mano, yo ya se lo había dado,  aunque  no tuve por qué. También sé que lo dudó, no valía nada, la mitad  de  los móviles que recogieron no valían gran cosa,   pero eso no era lo importante. El chofer no acató  las ordenes del adolescente,  lo desafió con el cuerpo y  siguió manejando sin prestarle demasiada  atención, cosa que pareció ponerlo algo nervioso, amenazó de nuevo con lanzar un balazo en medio de todos poniendo en evidencia su  inseguridad. No lo hizo, sólo se paseó por el  pasillo  pisando  muy fuerte. Yo que  vi  la pistola de cerca podría asegurar  que era falsa. Pero eso tampoco es lo importante. Luego se bajaron  y mentaron la madre  al chofer que  siguió manejando como si ya  estuviera acostumbrado. "¿le había pasado antes?" preguntó el  hombre  humilde que venía a mi lado. El  chofer negó con la cabeza y murmuró algo que  ya olvidé también.  Todo estuvo en silencio algún kilómetro. Siguió subiendo pasaje  hasta que la  unidad quedó  repleta como de costumbre, entonces comenzaron a  conversar del asunto... que si  la  mujer que  viajaba junto a la puerta sentía que se le había subido la glucosa y que por eso nunca  cargaba  celular,  y  una  voz  atrás de mí dijo  que  el de ella sí era  muy caro pero  que  prefería  mil  veces más su vida; y que alguna señora entregó  cien pesos aunque  no debió hacerlo porque la orden fue clara:  sólo  celulares, no Ipods,  no cámaras, no relojes, no efectivo... sólo celulares.  Incluso  me atreví a imaginar sus caras  de decepción en cuanto examinaran  las ganancias ¿cuánto podrían sacarle a todo  ese arguende? ¿por qué arriesgarse así? Es es decir,  examinandolo con calma  todo suena tan  absurdo... Estábamos  a  sólo un par de kilometros  del  Ministerio Publico de Iztapalapa,  junto a una penitenciaría  de "alta seguridad",  con  docenas de patrullas  circulando  constantemente  por la zona por cuestiones de logística, sí, ya sabemos que  las dichosas patrullas  nunca se asoman cuando verdaderamente se les necesita, pero que tal estaba un policía preguntándome  a qué  hora  salía   al pan el viernes  por   la mañana  cuando  llegaba al trabajo.  Y eran sólo unos niños. Todos aquí sabemos que esa ruta  no es la más segura  de la ciudad. A nadie  le extraña que pasen estas cosas, pero cada vez sirve para  hablar sobre de la vida, y de  las cosas materiales, de seguridad, de necesidad y de corrupción.... e imagínate tú  la infinidad de temáticas que salen a flote a partir de este evento. La mente humana es veloz. Yo no siento miedo, sólo... sólo... tristeza.  Y proyecto las cosas que pudieron pasar  y aquí recuerdo  que aún no quiero morirme, nadie quiere morirse pero ¿sabes? tampoco me importa demasiado. Y no, hijo, no es éste el mundo que quiero para ti. Y lloro, lloro  y escucho risas de los  niños que  se andan  por las calles  con sus caras pintadas  y sus  lindos disfraces de fantasía,  lloro  y pienso en las cosas  bellas que  tú nunca tendrás,  lloro  y pienso en la  luz  que  no verán tus  ojos,   en la tranquilidad con que tendrías que acostumbrarte a  vivir al acecho, a vivir al margen,  en que  no sé si existe la esperanza de una vida  mejor, en la posibilidad de huir de todo,  mudarme de ciudad contigo y contra todos,  contra la gente  que  habla, contra  el delirio de sus almas,  lejos,  a un recinto lejano o una ciudad más pequeña  donde  no pasen  este tipo de cosas. Y pienso en ti, en  vivir y vivir,  vivir... pero luego recuerdo...  que  aquellos  niños que  hoy  amenazaron con un arma de  juguete, mañana saldrán del tutelar ya entrenados  y domesticadas para sobrevivir en esta selva  en guerra, en este mar de furia que llamamos ciudad. En que a mí  francamente ya no me importa  tanto  perder la vida  así, en un suspiro,  por   cualquier imprudencia, ni siquiera  las lágrimas de los que alguna vez juraron que me amaron me interesan. Y no, tú no mereces que una mujer así te traiga al mundo y no, no puedo  traicionarte, ni traicionar  mi vida ni mi muerte. Ya  no sé lo que digo. Respiro  hondo y dejo, dejo atrás este día  y todos los que  vinieron antes de éste, dejo atrás esta puerta y estas divagaciones absurdas  y esta vida que me ha desquebrajado el alma. De niña  amaba tanto  el primer día de noviembre, corría  por las calles con mi cara pintada y mi lindo disfraz de fantasía,  corría sin saber a dónde llegaría  con mi calaverita llena de  dulces y monedas de cambio,  francamente  no importa  a dónde  vayamos,  mientras  no  nos quedemos completamente estáticos, dijeron.  Dejo atrás   esta vida y esta muerte que se ganó una fiesta, las ofrendas de muertos  y  tu nombre que  nunca imaginé,  la veladora   blanca  que debería prenderte si sobrevivo a esto y el letrero que  dice:  "interrupción segura del... "  Sé que no queda nada más allá...




1 de Noviembre, Día de los santos inocentes