martes, 22 de enero de 2013

La ciudad se detuvo antes de que llegaras



Te sentí aproximarte como una flecha al sur, mi corazón latía de esperanza (y de impaciencia). No hay mejor antídoto para un corazón impaciente que la espera. O eso dicen. O eso dijeron hasta que un día -alguien- murió de tanto frío y nadie supo la causa. La mañana cantaba como si no importaran ni tus pasos, ni el delirio del cielo anticipando sabe Dios qué promesa,  y cantaba y cantaba como si para un hijo sobre su cama soleada, absorta, ensímismada, nutrida de sí misma, tan llena de entusiasmo. Por un momento tuve miedo de mirarte (nadie quiere tener lo que podría perder o depredarle). Me levanté y fui a tu encuentro con un solo pensamiento. La primera palabra salida de tus labios: Milagro, dijiste, yo sólo pensé: Sí. Y luego tú dijiste: Eres preciosa. No supe si en verdad te parecía bonita o sólo fue un cumplido de esos que se aprendían en los sueños, o en las premoniciones. Y luego me besaste. Y los dos nos quedamos esperando... esperando... esperando... junto a un inmenso silencio... 


...la respuesta del cosmos que jamás llegó, no en la forma supuesta. Esperamos ansiosos un diluvio, un hondo cataclismo, una borrasca, una tormenta de arena... Nada. Creíamos que el universo se colapsaría, creíamos que el mundo se acabaría ahí mismo, que explotaría de euforia llevándose los restos del presente, llevándoselo todo para dejar tan solo las palabras, sólo aquellas palabras que (para nadie más que) para ti (y para mí) tenían sentido. No. La mañana siguió con su sordera cotidiana, con su brutal encanto. Los niños se deslizaban sobre los monumentos y nosotros reíamos de sus caídas con descaro. 

Es difícil guardarse tanta felicidad ¿sabes? Es difícil guardársela.


Pasados unos días entendí, que por lo menos, la ciudad era otra antes de ver tus ojos. Por eso el mundo no acabó de acabarse cuando me besaste. Por eso no.


Enrique, la ciudad reventó desde antes que llegaras. Era sólo una ruina de su propio proyecto. Se desarmó de tedio pero a ti 


te bastó una mirada para reconstruirla.


Recogiste sus ruinas en tus ojos. 

Todo lo hiciste tuyo y nuevamente nuevo.

Recuerda tus palabras, amor mío, recuérdalas siempre:



"el presente empieza en ti
la eternidad en nosotros"


Bombilla. Monumento a Obregón. Insurgentes Sur