El hermano de Milton, Rafael, o el muchacho que amé durante mi segunda infancia, fue condenado a la horca por matar a una Alondra. El público estaba tan dolido que nadie preguntó su ultima voluntad. Claro, vivíamos en un pueblo metido hasta el culo de Dios.
Y fue una lástima.
Si lo hubieran dejado leer su último poema, lo hubieran entendido todo. Le hubieran perdonado la vida. Y nos habríamos casado sobre la tumba de la Alondra.
