martes, 6 de marzo de 2012

Primera espera

Llegué de noche. Las paredes están  cubiertas por cortinas, no sé si rojas,  purpuras o negras, sólo me consta que son inmensas y que lo cubren todo, no sólo las ventanas,  también las puertas, los retablos, los cuadros y espejos que pudieran existir, incluso algunos  muebles viven ocultos en ellas.   Todo  está  oscuro, envuelto y silencioso. A pesar del vacío  que se percibe yo sé que ella está cerca, puedo escuchar su respiración   al otro lado del pasillo. No hay más señales de vida, y ya he perdido la noción del tiempo, no sé qué hora es, me he  sentado a esperar  y siento sed.  

Del camino no recuerdo gran cosa, no  puedo evocar los paisajes,  no recuerdo si hacía frío o calor, si aún había luz cuando  salimos de  casa, no recuerdo prácticamente  nada.  De repente   me llega la difusa imagen de mis padres en el asiento delantero y su sermón del siglo. Pero no recuerdo sus palabras.  No sé si es hambre o sólo siento sed. Me  gustaría  una taza  caliente  de chocolate y  aspirar el perfume  de mi habitación, aquí el olor a humedad gobierna todo el ambiente. El piso  huele a pino,   pero a pino enrarecido  por  el tiempo, la pisada  más  cautelosa  hace crujir  todo el inmueble. No alcanzo a ver bien, pero parece ser que al fondo todo está  perfectamente alfombrado. No he querido moverme de este sillón, apenas  alcancé a reunir  valor   para sacar mi pluma y mi libreta  y  garrapatear  estas palabras en la oscuridad.

Se supone que en cualquier momento debo escuchar una campana, entonces deberé  dirigirme al comedor -que yo supongo es la  pieza contigua-  donde, seguramente,  ella estará esperándome para darme la bienvenida -o algo peor-. Pero ya llevo un largo rato aquí y no he escuchado nada.  Hasta se me ha ocurrido que me quedé dormida.... pero no, francamente lo dudo. No recuerdo haber despertado. Ya no sé que pensar, dudo  hasta de la sombra de mi cuerpo, dudo hasta de mi cuerpo, quizá...


Por fin he oído la dichosa campana. iré a ver...