Llegué de noche. Las paredes están cubiertas por cortinas, no sé si rojas, purpuras o negras, sólo me consta que son inmensas y que lo cubren todo, no sólo las ventanas, también las puertas, los retablos, los cuadros y espejos que pudieran existir, incluso algunos muebles viven ocultos en ellas. Todo está oscuro, envuelto y silencioso. A pesar del vacío que se percibe yo sé que ella está cerca, puedo escuchar su respiración al otro lado del pasillo. No hay más señales de vida, y ya he perdido la noción del tiempo, no sé qué hora es, me he sentado a esperar y siento sed.
Del camino no recuerdo gran cosa, no puedo evocar los paisajes, no recuerdo si hacía frío o calor, si aún había luz cuando salimos de casa, no recuerdo prácticamente nada. De repente me llega la difusa imagen de mis padres en el asiento delantero y su sermón del siglo. Pero no recuerdo sus palabras. No sé si es hambre o sólo siento sed. Me gustaría una taza caliente de chocolate y aspirar el perfume de mi habitación, aquí el olor a humedad gobierna todo el ambiente. El piso huele a pino, pero a pino enrarecido por el tiempo, la pisada más cautelosa hace crujir todo el inmueble. No alcanzo a ver bien, pero parece ser que al fondo todo está perfectamente alfombrado. No he querido moverme de este sillón, apenas alcancé a reunir valor para sacar mi pluma y mi libreta y garrapatear estas palabras en la oscuridad.
Se supone que en cualquier momento debo escuchar una campana, entonces deberé dirigirme al comedor -que yo supongo es la pieza contigua- donde, seguramente, ella estará esperándome para darme la bienvenida -o algo peor-. Pero ya llevo un largo rato aquí y no he escuchado nada. Hasta se me ha ocurrido que me quedé dormida.... pero no, francamente lo dudo. No recuerdo haber despertado. Ya no sé que pensar, dudo hasta de la sombra de mi cuerpo, dudo hasta de mi cuerpo, quizá...
Por fin he oído la dichosa campana. iré a ver...