lunes, 8 de octubre de 2012

Fue por amor



Creo que la última vez que me acordé de Marco fue esa tarde de jueves (creo que sí era jueves) Tenía que serlo, sí... jueves de tango en Plaza Loreto junto a aquel arbolito donde estaba instalado el equipo de sonido. Miraba a una pareja de adolescentes discutir por pequeñeces, luego se reconciliaron, se abrazaron y bailaron al ritmo de la música que todavía no comenzaba .Qué  triste es que  existan personas que no sepan leer ¿no le parece? .Sí, es muy triste, dije. Ahora que lo pienso  fue una respuesta automática, mecánica, incluso tonta, ni siquiera sabía si la pregunta me estaba dirigida aunque, de hecho, así era. Aquella voz pertenecía a un hombre de facciones muy suaves que se había  colocado  detrás de mí, tendría ¿qué? ¿cuarenta? ¿cincuenta años? quizá más, no sé, pero su voz era  tan cálida y su  rostro tan agradable... Entonces recordé que ya lo había visto  detrás de la pareja de adolescentes, en donde sólo era un elemento del paisaje, ni siquiera me di cuenta  cómo se había desplazado hasta donde yo estaba.
Le sonreí y él comenzó a contarme una enfrascante historia de una  mujer muy bonita llamada Marie. Para no hacer el cuento largo, resultó que Marie era su esposa y estaba desahuciada,  amarrada a una  cama la mayor parte del día y conectada a una cámara de oxigeno todas las noches .En realidad me gustaría proponerte  algo, me dijo con el mayor tacto del mundo,  me gustaría contratarte para que acompañes a mi esposa .Pero yo no se nada de enfermería .No me refiero a eso ¿has visto la película "El lector"? .Creo que no .Entonces no me sirve como ejemplo, sólo quiero que visites a mi esposa  y leas para ella: cuentos, historias, poemas, articulos de  ciencia, lo que sea, si hay algo verdaderamente la reanima es escuchar una buena lectura en voz alta, yo solía hacerlo, pero me han diagnosticado glaucoma y ya no me es posible .Pero ¿por qué yo?  .No sé, iba pasando y te vi mover los labios como si estuvieras repasando algo, eso llamó mi atención,  ahí se me ocurrió la idea, pero no te  preocupes, si no quieres o no tienes tiempo, ahora mismo buscaré a alguien más. 
Pero yo soy tan persuasible que esa misma tarde conocí  a Marie. Le leí tres capítulos de Nuestra Señora de París y en poco rato ella cerró los ojos,  se abandonó completamente a un hondo sueño dulce y al parecer...  muy largo.
Marie tenía los cabellos largos y castaños, la boca tersa y unos  irresistibles ojos verdes. Debía tener más o menos la edad de su marido. Saberlo era difícil porque, a veces, parecía una  muñeca  de porcelana gigante acurrucada en las sabanas, otras era como una virgen bajada de su nicho y, cuando  pronunciaba unas cuantas palabras, parecía una madre convaleciente del parto. Otros días no era más que una  niña cantándole al amor de su vida desde sus sueño. Todo eso era ella, entonces era fácil entender el amor y la indecible devoción que Lázaro, su esposo,  le tenía.
Comencé visitándola tan sólo media hora tres veces por semana, luego  dos horas diarias, tres, cuatro, cinco...  me pasaba las tardes con Marie. Al final terminé por instalarme de lleno en su casa.  Era de despertar e ir a abrir su ventana para que respirara el fresco, para ver cómo había pasado la noche; llevarle el desayuno y encenderle la radio para que la escuchara mientras me iba a la escuela. No más salidas con amigos ni compras compulsivas, no más amantes clandestinos: mi vida era Marie.  Y yo ya no sabía si la quería como... a una hermana, como a la madre que había perdido hacía poco... o si sólo estaba  ahí por caridad. No sabía.
Ciertamente, la nube de su muerte oscurecía mis pensamientos. No dormía pensando que, quizá, la imagen de sus ojos de la tarde anterior había sido la última. Que cuando fuera a buscarla la encontraría fría. Y ese fue mi tormento durante mucho tiempo. Porque Marie tardó mucho en morirse, al menos, más de lo que sus médicos habían previsto. Ella  se fue y yo cerré sus libros para siempre.

Entonces recordé cuando mis padres murieron. Me quedé  huérfana a los dieciocho años, sin más familia, con muy poco dinero y una casa en ruinas, seguro que sufrí lo indescripible. Pero  la necesidad  de vivir, la prisa por vivir, el instinto de supervivencia no me dejaron atravesar mi duelo como sucede en casos semejantes, tampoco me había dado cuenta de la terrible soledad en que vivía. Aunque en silencio,  vi a Lázaro llorar la pérdida de la mujer que amaba ¿por mí quién lloraría?  ¿quién se percataría de mi ausencia si llegaba a faltar en este mundo? Nadie. Nadie me extrañaría, Marie me había dejado un ejercito de inquietudes que arremetían  contra mi propia alma. Por otra parte, sin ella parecía que mi trabajo estaba terminado. Era la hora de marcharme. 

Ya tenía mis maletas en la puerta cuando me percaté de una cosa más.

En menos de seis meses, Lázaro había perdido completamente la vista. Estaba viudo y ciego y tan solo en el mundo como yo misma. Cómo  fue posible que me diera cuenta antes, me preguntaba. Quería responderme que, quizá, me había dedicado demasiado a Marie, o tal vez él tenía esa misma obsesión, el cuidadoso afán de mantener a salvo sus secretos hasta el fin. Claro estaba que eran tal para cual. Volviendo a mi propio dilema, mi mente proyectaba la siguiente situación: estaba yo dentro del marco de la puerta: afuera rugía el mundo con su incertidumbre de siempre, el mismo mundo furioso que ya conocía con su soledad de siempre; adentro había otro tipo de soledad, una mucho más grande, pero unida a la calma y al sosiego que nos ofrece la caridad. Estaba el rostro de ese hombre que tanto admiraba, su voz tan dulce, su imagen infinita... de pronto ya no tuve nada que pensar.  Subí a mi cuarto y recorrí las cortinas -tenía que haber más luz que otros días-. Dormí sólo un momento y luego bajé a la sala para servir el té. No hablamos del asunto aquella vez, ni otra, hablamos del aroma de gardenias que se quedó grabado en las paredes, hablamos de los cuadros que él no podía ver, pero que recordaba claramente, como si nunca hubieran ido a ningún lado...  hablamos de todo lo que fue de Marie, menos de ella. Y desde entonces,  no volvimos a pronunciar su nombre en voz alta.

Los días, los meses, las estaciones se iban y yo... sentía que mi vida era la más perfecta de todas. La muerte de Marie no trajo luto, si a caso, un ligero cambio en el rumor del ritmo cotidiano. Con frecuencia olvidaba la ceguera de Lázaro. Era por su caracter, siempre tan fresco, tan dulce, tan alegre. Jamás sentí que mis cuidados representaran un esfuerzo, o una carga extra a  mi personalidad. Claro que procuraba su bien, y él el mío, siempre conseguía enloquecerme de alegría, tal vez lo hacía por miedo a quedarse solo, como fuera, yo no tenía intenciones de irme nunca de su lado. De pronto era como el padre que ya no recordaba haber tenido, de pronto se convertía en mi mejor amigo, escuchábamos música y ambos nos divertíamos como dos locos inventando una historia que nunca más sería recontada, una historia que fue nuestro pequeño secreto. Apagaba las luces para estar en el mismo mundo en que él estaba. Así era mi amor por ese hombre, y cuando se acordaba de Marie yo procuraba no estorbar: no le hablaba, no hacía ruido, me encerraba en mi alcoba para para pensar en ella también. Su aroma iluminaba cada espacio, cada azulejo olía a su perfume de flores, los colores existentes eran los que ella amó en vida, la música neoclásica y el té de jazmín gobernaban las tardes como ésa, tardes en que yo no volvía a existir... hasta que él me llamaba, Y todo regresaba a la normalidad.

Volvía de la calle y me sentaba a leer los poemas favoritos de Marie, los repasaba desde mi memoria porque no me permitía tocar sus libros ni sus cosas más personales. En el fondo  anhelaba ser como ella, quería parecerme cada día un poco más a ella, traerla  hasta mi vida y alejarnos a todos de su muerte.

Él ya era mi mundo, me parecía el hombre perfecto, encantador en todas sus formas, en todos sus gestos. Amaba, sobre todo, su manera  de  hablar y el estilo tan mágico con que tocaba el piano, la elegancia con que sus dedos largos se deslizaban sobre las teclas, me fascinaba, me absorbía. Escuchaba ese piano todo el tiempo, y mientras él dormía, inventaba una danza en el salón Sabía que él me advertiría desde su sueño, sabía que podía presentirme  desde antes, durante, y aún después de estar conmigo. Lo sabía, lo sospechaba, lo adivinaba. Como dije, cuando dormía -o me quería hacer creer que estaba dormido- yo me bajaba al salón y, en silencio, comenzaba a escuchar esa música opaca, esa música que sólo  capturaban mis sentidos. Me dejaba llevar por esas notas, y daba vueltas y vueltas alrededor del mundo, tan sólo desplazándome sobre las teclas del piano inexistente. Eramos yo -y mi alma- a solas, en plena libertad. Después iba a buscarlo para besar su frente,  y él me miraba, y tomaba mi mano y sonreía.

.Qué linda que eres, eres  como la bailarina de una caja de música, me decía   poco antes de inhalar una enorme bocanada de humo, yo reía para mí  .Tú  qué  vas a saber .Yo sé todo lo que sucede en esta casa, no olvides que estoy ciego .Entonces también debes de saber que ya pasan de la una, creo que  hay que dormir, mañana tengo examen .Lo que usted mande, señora, perdona, señorita.  Entonces iba hasta donde él, impacientemente, me esperaba, lo tomaba del brazo y lo ayudaba a subir. 

Sabía que él podía desvestirse solo, arroparse solo. Y sin embargo no podía dejar de tener todas esas atenciones con él. Porque mi amor no comenzaba en dónde terminaba su independencia,  venía de más lejos. Aquella situación era sólo un pretexto, siempre quería estar más y más al pendiente, más atenta de todo lo que sucedía.  Una parte de mí se tranquilizaba de saber que  él  no se percataría de la ternura que derramaban mis ojos al contemplarlo tan vivo y tan radiante. Pero es una manera de decir las cosas, yo sentía que él me conocía tan bien... que  no podía guardarle el más mínimo secreto ni mucho menos intentar mentirle sobre nada. Pensaba en el instante en que me preguntaría si había empezado a sentir algo más. Ese instante estaría -bellamente, hermosamente, divinamente-  acorralada en su voz. A veces me venía la sensación de que sus ojos vacíos me desnudaban en la oscuridad de su ceguera, o que su fino olfato me  desvestía de los otros aromas cotidianos, no lo sé bien, pero era delicioso sentir eso, en aquellos momentos me sentía la mujer más hermosa. No podía resistirme a la textura de su piel, al aroma de sus cabellos negros, me acurrucaba en su pecho como una anciana desvalida, como una cría herida, como una hija precoz con complejos de Electra... y él acariciaba mis pestañas, me besaba en la frente y era... como si me mirara al fin y me reconociera desde mil vidas pasadas, y el silencio era tal que hasta podía escuchar su sangre circulando por su cuerpo, oía mi corazón (su corazón) agitarse... expandirse... dirigirse a ese punto en el que ya no hay retorno. No sé qué cosas me decía mientras mis manos fingían asegurarse de que la almohada estuviera en la posición adecuada -para que no se lastimara el cuello al dormir-. No recuerdo qué cosas fueron las que me dijo porque ya no escuchaba. Yo miraba sus labios agitarse en su rostro como escamas de mar, su boca palpitante... lo miraba sin pausas extasiada, fascinada de él,  que cierto, inquebrantable, continuaba diciendo no sé qué de la noche. Sus palabras  vagaban entre mí como velas perdidas, perseguían mi alma a tal velocidad que no me di ni cuenta del momento en que ambos quedamos en silencio: sus pupilas parecieron dilatarse... como si algún demonio milagroso colocara una nube entre el Espacio y la Tierra,  sí, como si cubriera los ojazos de luna de Marie para que no fuese testigo de lo que estaba a punto de pasar(nos).

Estuvimos tan cerca uno del otro, no podía dejar de respirar su sangre, su humedecido aliento cayéndome en la cara, luego el dulce contacto de su lengua en mi boca, sus labios contra los míos, sus afilados dedos delineando mi espalda con mi propio contorno. Nunca  nadie me había tocado así, como si tuviera ojos en cada gramo de la piel. Y me decía que amaba a la mujer en que me había convertido: me amaba, ciertamente, pero ¿me amaba a mi?

Yo también adoraba tanto al hombre que era él: porque era perfecto,  no me importaba en lo más mínimo que duplicara mis años, tenía la edad del destino y su piel y su voz tenían el color y la textura del placer,  de la pasión, también del júbilo, también del amor. En sus brazos me sentía segura. Luego volvía a mi mente la imagen de Marie: sonriente, radiante, hermosa  hasta el final de sus días. Y yo deseaba tanto ser Marie. Y yo  a veces sentía que no era Lázaro el que me poseía cada noche, sino ella:  Maríe que revenía de la muerte para ocupar mi materia, o yo que siempre había sido Marie, no sé, pero no sentía  ningún tipo de culpa. Me veía en el espejo y sólo estaba Marie, y yo tenía la extraña sensación de que mi esposo me engañaba conmigo.

Y por eso...  por eso nunca  comprendí lo que pasó después.

La casa estaba oscura y silenciosa cuando yo entré. Lo llamé y no me respondió,  nunca salía solo, no desde su ceguera. Lo busqué por todas partes y nada... y aquella sensación premonitoria que te oprime el pecho y no te permite pensar o te deja pensar sólo las peores cosas... Finalmente lo encontré en el jardín sentado en un tronco seco, más  inmóvil que nunca, más callado que nunca,  seco como el tronco, vacío de su cuerpo como una mirada vacía, inerte... sin vida... yo... yo huí de ahí...

No sabía lo que estaba ocurriendo con el mundo, tampoco  me explicaba las cosas que pasaban por mi mente. Fui a parar en el único sitio en el que,  posiblemente,  aún quedaba un  fragmento de mi vida pasada. Me detuve a mirar en un rincón tranquilo de la Plaza Loreto. Tranquilo es un decir, ese lugar está muy concurrido, pero necesitaba el ruido de la gente, necesitaba convencerme de que existía, o de que algo existía, o de que todo era un sueño, necesitaba tener una certeza, la que fuera. Ahí comencé a llorar,  lloré discretamente y cuando ya no pude contener mis sollozos, escondí  la mirada en mis rodillas. Sentí cómo una mano se apoyaba en mi espalda... volví con la esperanza de encontrarlo, de enterarme que todo había sido una horrible confusión.  Pero no.

Levanté la vista y ahí estaba Marco: hermoso y radiante, su cara ya no era la del niño que yo  conocí, sus  facciones se habían aseverado -él también debió verme más anciana que antes pero no dijo nada respecto a eso- .Temí tanto que hubieras olvidado  tu promesa, dijo, temí tanto que no te encontraría.  Entonces me acordé de que le había jurado que lo esperaría cada  día de mi vida sin importar el clima ni las circunstancias -cuando se es  tan joven uno promete muchas estupideces-, pero yo le juré que lo amaría hasta el fin, que nunca  habría de olvidarlo, que esperaría  por él en esa misma mesa, en esa misma plaza todas las tardes. Así que lo abracé muy fuerte, tenía que terminar de reconocerlo. No fue  fácil, él había cambiado, yo también.

Volvimos a la casa de mis padres. La encontramos vacía y en total en deterioro. Fue como profanar la tumba de mi infancia, yo sentía que el aire me faltaba en ese lugar .No tienes por que estar aquí, ven.   Y así nos fuimos juntos  hacia una vida nueva. Él al fin había vuelto con todo ese futuro que había ido a buscar para ofrecerme. Y yo lo acepté, con la misma facilidad con que aceptas un caramelo  de la mano de un extraño cuando tienes cuatro años y no conoces el veneno del alma. En cuanto recordé a Marco fue como si me olvidara por completo de Lázaro. Pero no, aunque no sentí  culpa tampoco, algo de mí intuía que todo estaba mal, una voz me decía que mi cabeza no maquilaba las  ideas correctas y que tarde o temprano fallecería o me volvería loca, pero mientras pudiera mantenerlo en secreto no importaba, mientras fuera capaz de  llenar con mi amor los días y las noches de Marco no importaba. No sólo Marie, no sólo Lázaro podían guardar secretos. Yo también.  Además, ¿quién era Marie?  No importaba, no importaba si Marco me abrazaba prometiéndome que todo estaría bien.

Y hubiera podido llegar  al final de mis días comprándome la idea de que Marie  no había existido, ni su muerte ni nada de lo que pasó después. Hasta que  me llegó un citatorio notarial al departamento  que compartía con Marco para informarme que un tal... Lázaro Fuentes me había declarado  heredera universal de sus bienes poco antes de quitarse la vida en su propia casa. Luego nos visitó un hombre con corbata .Fue  muy complicado dar con su domicilio, señorita, dijo el hombre con corbata. Yo me desmayé, y me enfermé quién sabe cuántos días.


Marco estaba a mi lado cuándo desperté. Sostenía mi mano y respiraba acompasadamente.   Ahí le pregunté algo que  siempre había querido saber . Marco si yo muriera ¿tú llorarías por  mí?  ¿me extrañarías?  . No  digas eso, dijo, y  se aferró a mí como un niño asustado,  tan sólo de pensarlo me estremezco, pequeña bailarina de pastel, yo ya no sabría vivir sin ti.

Y una idea terrible atravesó mi corazón como una flecha envenenada (de amor). Sí, era él.  Había vuelto por mí.