Entrar a tu recinto es como entrar
a un edificio antiguo en una ciudad muerta
habitada de nombres
bares, sitios y citas y rumores secretos,
lleno de cuadros raros recubiertos
por cortinas de polvo
y uno que otro murciélago desnudo
con los ojos alerta,
leve, bajo el dintel
que lo sostiene
como el eterno custodio
de la tumba cerrada del
desprevenido destino.
Pero entrar en tu boca...
Entrar en ti de noche es como entrar al sol y no quemarse,
es como atravesar la vida sin morirse
(quién sabe)
yo,
ciega en todas mis formas…
me digiero tu ausencia como un tierno suceso
y vago en la dulzura de tu cuerpo de marcas tipográficas,
desvanezco la vena de tu cuerpo
como si no importara
que ni siquiera
te conozco,
navego tus fantasmas,
sólo son
nombres que se reprueban
y que se desconocen a sí mismos,
Es decir,
sonidos que se atan
y se suicidan una
y otra y otra
y otra vez en tus lágrimas
descoloridas de otoño.
Sueño tus manos pálidas que se deslizan
y dibujan parábolas tras la ventana.
Así te oigo mirar las avenidas.
Anunciándote como
una mañana vendaval,
un suspiro de vientos imprevistos.
Éste eres tú:
el edificio solemne
que resguarda tus días de observador anónimo
que fecunda la tinta de tus tardes.
De tiempo en tiempo sólo hay oscuridad,
sólo hay una ciudad que espera tus anuncios,
que espera tus recuentos,
que espera tus bitácoras,
que espera tus reproches y tus odios de ti,
que siempre te espera.