Llevaba siete meses teniendo el mismo sueño, ¡siete meses seguidos! Despertaba en la hamaca, luego se incorporaba con dificultad, miraba a su alrededor como para convencerse de que "eso" era la realidad y no "lo otro". Allá lejos. Él la imaginó así, de espaldas frente a algún ventanal resplandeciente, el cabello negro hasta la cintura y ese rostro que no pudo ver jamás. Nunca porque, cada vez que estuvo a punto de volverse, él despertaba y tenía que ponerse la corbata, tenía que preparar el desayuno de su hermana, tenía que afeitarse y salir a la calle y fumar diez minutos antes de entrar al edificio de su porvenir.
El nombre de la niña era siempre el mismo, los siete meses seguidos: Dixie. A veces tenía seis años, a veces ocho, a veces era sólo un bebé recién nacido con rostro de mujer. Nunca escuché ese nombre en ninguna otra parte pero me gustaba. Me gustaba llamarla: "Dixie" -en mis sueños-, y que ella corriera y me jalara el vestido y me dijera: "mamá". Me encantaba con todo y la láconica, esforzada, insoportable sensación punzocortante que provocaba la palabra en el aire. Estaba en otra parte, lo sabía, intuía el momento en que me quedaría dormida para soñar su rostro, no recordaba dónde, a qué hora, ni idea... pero lo había hecho. Y Dixie continuaba bostezando, caída en el diván, boca arriba, sudando, los labios entreabiertos, la cabeza hacia atrás... tibia, durmiendo la siesta. Salía del consultorio y tomaba una manzana del refrigerador y después de morderla estaba en el jardín otra vez, despertando en la hamaca. Miraba a mi alrededor como para enterarme y convencerme de que "eso" era la realidad y no "lo otro". Caminaba y entraba en la terraza. Y miraba el lugar que había abandonado desde un gran ventanal. "No soy casada", me decía, "no tengo hijos". No recordaba dónde había oído ese nombre...