No me sorprendió que le gustaran las películas de vampiros. En fin, para eso se inventaron, para hacer que una niña de su índole blanda se enamorara absurda, y prematuramente, de un envase de plástico. ¿Pero yo? Con mis veintisiete años de vida malgastada en los suburbios, lejos de todos esos pensadores de Starbucks y sus gafas de pasta y la cartera gorda de poemas publicables en alguna revista de ocasión... ¿Yo? ¿Enamorarme absurda, perdida-letalmente, y prematuramente de una pelirroja que compraba boletos para un "Amanecer" que nunca ocurrirá? Apenas si le encuentro sentido. Me apena totalmente recurrir al sentido para explicarlo.
Y entonces pasó. La pelirroja reparó en mí. En mí que era una sombra, en mí que, para colmo, nada tenía que hacer en ese día, en ese sitio.. sino mirarla, mirarla sin descanso ni paz. Todo ese mundo frívolo y maldito, todo ese colorido de consumo dinámico aprendido, esa drogadicción de sensaciones vanas. No pero ¿en mí? En mí que me extinguía por besarla, por oírla decir: "Aquí me tienes, soy yo". Vi mi vida pasar de mil y mil maneras pero ninguna de ellas me convenció. Fue sólo un parpadeo y sin embargo, no me hizo falta más para caer en su hechizo, su hechizo de poema desperdiciado e infértil-, ¿qué benefició mínimo podría traerle a ella el embrujarme así?
Desvió la vista un poco hacia las chicas de la risa estruendosa que estaban a mi izquierda, y agitó las entradas dejando al descubierto su dentadura blanca de leche. Era un sueño de oro caprichoso del que debía escapar lo más pronto posible, pero no. Y por primera vez en mucho tiempo, deje que el cuerpo hiciera su triste voluntad, dejé que mis instintos y el deseo sincero gobernaran mis músculos, sin pronunciar protesta, sin digerir palabra en desacuerdo. Y me quedé a esperarla en el umbral resplandeciente de la plaza. Porque ni para un mísero boleto de cine traía, ni una función barata que terminaría asqueándome del todo era capaz de financiarme. Necesité mirarla una vez más, como se ansía una copa de mezcal en la noche más fría. Comenzaba a sentir que la necesitaba, tenía que prevenirme pensando nimiedades, eso siempre me daba resultado, las pequeñeces siempre me conducen hacia las más juiciosas conclusiones. ¿Cuál podía ser su nombre? ¿Cuántos años podían caber en ese frágil cuerpo de maíz? ¿Amaba? ¿Era amada por otro con el simple derecho que me estaba negado para amarla? ¿Tendría acaso, dentro de todo ese cascarón de extravagancia, alguna aspiración, un rastro de esperanza, alguna meta lúcida por realizar aún? Me quedé mucho rato masticando esa nausea en medio del bullicio de la gente. Me estaba dando cuenta que yo era igual que todos, que estaba siendo demasiado prejuicioso con aquella... indefensa criatura, que me estaba dejando llevar por la apariencia, que no podía juzgarla como una araña frívola sólo por parecerse a un maniquí. También sabía que el corazón me estaba acorralando, que me tendía una trampa complicada y yo estaba cayendo mansamente, y todo por actuar... de buena fe conmigo... "Si tan sólo pudiera conocerte..."
Y lo dije en voz alta, tan alta que no pude, que no me permití escuchar sus pasos previniendo su llegada: "Me llamo Aria", dijo. Su voz era un martillo diminuto destrozando mis tímpanos. Ella me miró como quién mira a un mono, a un pequeño fenómeno de exhibición de circo giratorio, ladeando la cabeza hacia uno de sus hombros y los ojos abiertos, como platos rellenos de sorpresa. "¿Tú no eres una leopardo verdad?", "Un qué?" "No... perdona, me he vuelto a equivocar..." Sus ojos decayeron aferrados a no sé qué desgracia, casi pude sentir que se asomaba una lágrima. Y la quise abrigar, quise decirle que por ella sería cualquier cosa. Pero me congelé. Se dio la vuelta y corrió de nuevo con sus amigas que comenzaron cierto interrogatorio que no pude, o no quise escuchar. ¿Un leopardo? ¿Qué demonios se había fumado aquella loca...? ¿Un leopardo?
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