Yo le dije que no me parecía buena idea habernos visto ese día -me sentía especialmente desalmada-. Él nada más me respondió que no importaba, reunió sus ojos fijos en mi rostro... y siguió masticando su ensalada sin afán ni molestia. Tenía la esperanza de que se decepcionaría de mí y me dejaría en paz con mi tristeza y mis miedos voraces. Me volví hacia la ventana de la cafetería distrayendo mi atención en las personas que paseaban a sus perritos, porque sentía que me explotaba de nostalgia. La calle dónde Darío y yo nos encontramos... quedaba lejos de ahí, y a mi me parecía el mismo paisaje, la misma hora de la misma tarde. Pero nada se repite. Nada. Quería soltarme a llorar y no tenía ni idea de por qué. No averigué el momento en que se aproximó para quitarme una pelusa de las pestañas y, de repente, sus labios en mis labios, y yo con el impulso dionisiaco de herirlo con los dientes, y la imagen de Diana que aconsejaba aventarlo y ponerlo en su lugar y levantarme para salir huyendo de ese sitio, eso era lo que quería hacer, pero mi cuerpo le correspondía, total a su ternura... a su pasión domesticada. Me pareció que estábamos viviendo un momento importante, único en nuestras vidas...
¿Sabes? Yo ya tenía pensado un final especial para este cuento pero...
...pero al mirar tus ojos...
me he olvidado del tiempo...
me he perdido de todo...
MUMEDI, Museo del diseño, cafétería y arte.
Calle Madero. Centro Histórico de la Ciudad de México
