-La tarde que mi madre me descubrió vestido de mujer pegó el grito en el cielo; dijo que no aceptaba maricones en casa, dijo que no me había educado para eso, dijo que estaba tan avergonzada que no quería saber nada de mí. Y me agarró de la peluca y me arrojó contra la pared con tanta fuerza que ambos perdimos le sentido, una fuerza que -nunca imaginé- pudiera estar potente en tan frágiles manos de artesana. Después me corrió de la casa, me dejó claro que no quería volver a verme y arrojó mis cosas por la ventana. Luego se encerró a llorar. Supongo que hizo eso. Lo más triste de todo es que, su avergonzada ceguera nunca le ha permitido comprender que, en realidad, a mí siempre me han atraído las mujeres. De hecho, me fascinaban tanto las mujeres que un día ya no pude resistir la tentación de averiguar cómo sería mi aspecto si hubiese nacido siendo una, siempre fui un chico enclenque y delicado, demasiado bello para no ser mujer, decían unos, y otros que simplemente nunca daría la talla para ser un gran macho, lo que se dice un macho bien macho. Pero nadie prestaba demasiado atención a esos comentarios, nadie, ni mi jefa, mucho menos mi jefa...
-¿Y luego qué pasó? ¿Cómo terminaste aquí?
-Se podría decir que mi manía se convirtió en una especie de adicción, aunque es un poco más complejo que eso. La verdad es que se trata de una historia muy larga.
-Pues, cuéntamela, tengo tiempo de sobra y me gustaría escucharla.
