Lo sé porque el reloj anuncia nuestras tazas, el clic interminable que secuestra mi boca. Y ella está ahí, con sus ojos en blanco, sorbiendo el misterioso té que le dará vidas eternas. Claro que con una le bastaría, es decir, ésta: la mía.
Alondra nunca dice nada. Está sentada del lado opuesto de la mesa con la cabeza baja. Creo que ha extraviado su semblante otra vez.
Pero lo peor de todo es que yo sigo estando en medio de ambas. Aquí me he convertido en blanco de todos los retratos. ¡Todos! Todos me acusan, todos se confabulan. Como si fuera un gran delito estar por cumplir veinte.
Pienso que ella
se parecía a mí cuando era joven.
12 de Diciembre, 2010