miércoles, 25 de abril de 2012

Calor y vendavales



Nunca antes vi un cielo de ese tono, de un violeta tan vivo y nubes algodonosas de este lado y de ese otro repartidas a torpes pinceladas llenas de humor infantil. Y ese viento... Ese viento azotaba los árboles, deshizo en un suspiro las delgaditas ramas del liquidambar, tiró las hojas verdes que hicieron una alfombra en la alameda y un rumor, un rumor... No, qué digo un rumor. Ve tú a saber qué escandalosas confesiones eran traídas por aquel viento loco. No. Tampoco es que me quiera distraer de lo que verdaderamente me interesa contarte pero, me da tanta vergüenza tener que confesar algo así. Nunca me ocurrió algo parecido. Jamás. Jamás en la vida. 

    Para empezar, los baños resultaron ser una cosa extraña. Eran muchos, el pasillo era largo y en algunos lados faltaban las puertas, en donde sí las había los cerrojos estaban mal colocados y resultaba inútil tratar de asegurarlos. Incluso se escuchaba un ruidito producido par el agua que brotaba de las cajas.

    Era uno de esos días en que ya no sabía ni quién era yo. Había vuelto de dar la última vuelta al parque con la ropa llena de bugambilias y de ramitas secas. Ve tú a decirme dónde las cogí. Pero en fin. Entré a los sanitarios a sacudirme la blusa, me detuve en la entrada para pagar la cuota, a unos cuantos pasos se encontraba una muchacha vestida de rojo, la miré, y entonces ella reaccionó como quien ha sido acusado de un delito muy grave, bajó la vista y caminó unos pasos hacia atrás, la seguí con la mirada unos instantes y luego entré en los baños que, como ya dije, no estaban en muy buenas condiciones. Me retiré hasta el ultimo y ahí me saque la blusa para quitarme las ramitas cuando noté que la puerta se abría. Luego entró Ella y me abrazó con fuerza, con un extraño tipo de lujuria desconocido entonces para mí. Claro que intenté quitármela de encima, al principio. Cuando menos lo sospeché mi cuerpo le correspondía todos sus abrazos, todos sus besos, sus caricias veloces y su pequeño cuerpo me pertenecía, su piel desconocida era aquella canción una y doscientas veces repetida por mi soledad, su blusa roja y la cinta que llevaba en el cuello que yo le desaté para morderla. Jamás hice el amor con tanto amor en mi vida. Hasta que alguien llegó y seguramente se escandalizó al descubrirnos. Dos inmensas mujeres nos arrastraron a la entrada. Lo que ocurrió después no me interesa. No volví a verla. Nunca más volvía a verla.

    Varios meses después seguía torturándome con la misma terapia psicológica, tratando de asimilarlo u olvidarlo, lo que fuera primero. Mirando  aquel  hecho desde todas las perspectivas posibles, desde mis anteriores fracasos con los hombres. Todo para  arrojar la conclusión de que lo había imaginado todo.  


"Tienes que aceptarlo, Margot —dice la terapeuta—, tienes que aceptar que  las cosas pasaron y no negarte a hablar de ello". Y aquí estoy, contándolo otra vez.



Egon Schiele.  Zwei sich umarmende Frauen.   1911