Al principio pensaba que eran duendes, y antes de eso, que teníamos un nido de ratones en algún lado. Los veía corriendo debajo de la cama; sobre y junto a los muebles. Sus diminutas sombras se arrastraban, huían, por todas partes, tan veloces y amorfas que eran inadmisibles en cualquier sano juicio. Me enloquecieron pronto. Sabía que me acechaban en la calle; me espiaban en el baño, en la sala, en la cocina. Me sentía invadida. De día, de noche, siempre, a cualquier hora. Hasta que finalmente me rendí. Sí, me resigné a tener que compartir mi vida con ellos. Y dejé de prestarles la menor atención.
Tal vez aquel ritual de indiferencia hirió sus sentimientos porque así conseguí que me dejaran en paz, al menos unos meses, y debo confesar que durante ese tiempo los comencé a extrañar. Ya sé que suena absurdo, pero es verdad. Me los imaginaba jugueteando en el patio, pero no. Estaba sola. Aquello me debilitaba. La soledad es más terrible que cualquier compañía sobrenatural.
Fue en una noche de esas -en que me desvelaba leyendo a Tagore. Y no, no aprendí nada-. Me dormí poco a poco con la linterna en la mano. En mi sueño escuchaba un resoplido extraño traído desde lejos. Era como un gemido, un murmullo monótono que se reproducía incesantemente dentro de mi cerebro. Yo lo sentía mecánico... lejano... interminable. De pronto sentí sed, de esa sed que te asalta de manera violenta, de esa sed que es capaz de perturbarte hasta en el sueño más hondo. Me levanté de súbito; la habitación era una capa inmensamente negra; la ventana del cuarto estaba a penas coloreada por un rayo de luna. Afuera, la ciudad dormía ciega. De repente hubo un grito que partió en dos la noche. Era como el aullido de algún perro salvaje. Eso. Y nada más. No más antecedente, ninguna consecuencia que ese silencio árido impenetrable: silencio de panteón. Yo ya no sentía sed, sólo cansancio, un cansancio terrible. Me desnudé en la oscuridad y me metí en la cama pero no me dormí. Permanecí alerta, con los ojos abiertos a pesar... de que no existía nada que mirar. Entonces tuve miedo. Una especie de vaho brotaba de mi abdomen. Avanzaba despacio, escurriéndose espeso por mi cintura, condensándose adentro de mi ombligo. Se evaporó de nuevo. Resurgía de pronto como un hálito tibio que escalaba en mi pecho. Pero aquel movimiento, aquella agitación húmeda y estertórea fue tan solo el presagio de algo mucho más grave. Sentí cómo brincaba sobre mí. Era un animal raro, ni perro, ni gato. Era gigante. Me encajaba sus patas en las costillas, en las caderas. Y su aliento caliente vagaba por mi cuello una y mil veces.
Yo me quedé aterrada, pasmada, inmóvil... silenciosa. Eso estuvo quién sabe cuántas horas trepado sobre mí. Hasta que su presencia se fue debilitando con el alba. Se disipó su rastro como el de una fragancia. Me encontré en la mañana con los ojos rojísimos y la garganta seca. No había electricidad. Me vestí, fui a la escuela, vi a mis amigos, fui a la cafetería... Hice todo mi día como si cualquier otro. No dije nada a nadie.
Por la noche ahí estaba nuevamente. Distrayendo mis ansias y mi miedo con la fe de Tagore, y contra la ventana. La ciudad era otra. El hambre, el fuego, el tiempo, la humedad era otra. ¿Regresaría por mí? Dicen que los nahuales son cosa del infierno. Este podo haber sido el mismo diablo, el demonio desnudo pero, y qué. Era mío. Y de nadie. Yo tampoco era nadie. Yo también era nadie. Y volvería por mí.
Pasaron tantas horas. Luego apague las luces y me dormí. Soñé. Soñé con grandes nubes y máquinas eólicas, grandes molinos de agua, rostros que no acababan de formarse y dos inmensas manos destapando botellas de sidra de manzana. Desperté poco antes del amanecer. Sentía el cálido peso de una mano en mi vientre, una más encajada en la pared interna de mi muslo derecho. Yo respiraba a penas lo necesario. El reloj avanzó hasta que desaparecieron todas las sombras. Devuelto el día ruidoso sobre el mundo. Y a la vida de siempre.
-En los últimos siglos -bromeaba con Aída-, tuve sexo con miles de planetas de todas las galaxias, pero esto... Esto en verdad es nuevo para mí. A nadie más le dije. Ella también vivía con el lupus. Por eso me entendía.
Y pasaron los días, pasaron las semanas. No importaba la forma en que llegara, fuera como aquel lobo milenario, esa estampida de alas de murciélagos, ese manojo de hierbas que sacudía mi piel tan suavemente... o como aquella multitud de manos que subían y bajaban por mi cuerpo, veloces... tan veloces y mágicas que se perdían de pronto -así las vi brincar sobre los muebles-. No importaba la forma, me había acostumbrado tanto a él... Tanto...
La última vez que estuvo sobre mí lo entendí todo. Fue como si los dos supiéramos que esa sería la última. Lo supimos a tiempo. Lo ignoramos a tiempo. Se encajaron sus garras en mis costillas, aquel manojo de ansias subiendo y bajando con su velocidad irreductible. Por última vez, mis poros recibieron ese vaho, ese vaho que brotaba de su hocico de lobo. Me soplaba en el cuello, me buscaba la boca -al mismo tiempo huía de mi boca-. Se quedó quieto un rato como si me estuviera contemplando. Nunca vi aquellos ojos avanzando como un barco en el agua. Jamás conocí el mar. Luego me estremecí. Sentí ese tacto helado de su nariz clavándose en mi cara, la humedad de su lengua sobre mis labios, sus afilados colmillos. Aquel hálito hirviendo que llenaba mi boca con su nombre... Darío... Ese beso fue el fin -y el principio- de todo. Vino la transformación, y la muerte y la vida como una sola cosa. Ya me sentía completamente poseída por él. Y sus temibles garras ya no eran la punta de una lanza letal perforando mi abdomen; sus colmillos se habían reducido; ese jadeo incesante y estertóreo se transformó en su voz. Eran mías sus manos, mía su cintura fálica y humana, mío todo su peso... y el declive tangible de su espalda; sus cabellos negrísimos... y sus ojos negrísimos y vivos. Materialmente mío y desde el alma. Me abandoné completamente a sus/mis primitivos instintos. Acabamos vencidos en la sangre; en huesos, carne y polvo: enredados en polvo. Vueltos polvo.
Arena que, algún día, alguien devolvió al mar.