¡Ya! Está claro: temblores, accidentes, las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina (donde las putas se paran a decir sus campañas), densas nubes de gases y ceniza, lo que los noticieros llaman, y desde ahí la gente llama, "alerta volcánica". La gente espera -no esperan nada pero esperan-. Lo dijo el otro día el tipo que acomoda los camiones, buses y microbuses, en la primera parada de la Ermita, uno o dos días después del primer sismo. Yo estuve ahí, me acuerdo:
-No, señora, esto apenas comienza. Se espera un terremoto de 9.5 grados... Será mucho peor que el del ochenta y cinco. Ya en estos días va a ver. Tal como les pasó a los japoneses, sólo que aquí no hay mar. Es que ya hay mucha corrupción, mucha maldad. El mundo se depura. Si nos toca ni modo, uno ya vivió, lo triste son los jóvenes. ¡Súbale Iztapalapa, Puentetitla, con lugares, súbale...!
-No, pues sí ¿qué nos queda? Rezar.
Y esto es lo que nos queda: escribir en un blog sin ninguna otra excusa que escribir (de sismos y accidentes, aunque para eso existan los periódicos) Porque se nos acaban los pretextos, porque la inmensa cama ya no está tan inmensa. Se nos acaba el amor, el papel y la vida, y hasta la eternidad. También la eternidad se nos acaba. Lo dijo Jaime. No estuve ahí, pero también me acuerdo:
"¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras
me dirás que te amo? Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba."