Primera parte
Fue terrible. Aclaro que prefiero abstenerme de toda conjetura, usted podrá sacar sus propias conclusiones mientras... o después de que yo... enumeré los hechos tal como sucedieron.
Vagabundeaba por las calles de Puebla, en algún día de junio en que llovía a cascadas. Edificios antiguos y, ahí estaba: Familia Rendón, leí, toqué el timbre, un alarido, nada, toqué de nuevo el timbre, de nuevo nada, toque con mi puño contra la madera empapada, no, nada aún, toque el timbre que pronunció un alarido todavía más feroz que el primero cuando por fin la puerta se abatió frente a mi puño.
Se apareció una cosa. Era un rostro de edad incalculable, demasiado joven, o demasiado decrépito para saberlo ahí, cuando los aletazos de humedades frenéticas seguían golpeando mi nuca.
Entré, salpicando de brío los corredores. No había electricidad, pero eso no era sorprendente. Desde el primer momento en que miré la entrada fue como transportarme por un túnel del tiempo, y mis propias pisadas simulaban los ecos de largas caminatas insomnes vertidas sobre esas mismas alfombras pero en una época distinta.
La pieza en la que me instalé era de enormes dimensiones, metros de antigüedad aquí y allá que terminaban, todas las veces, con inmensas cortinas del color de la sangre ya coagulada de un hematoma, pensé, y aquella pieza parecía una grotesca alegoría de la anatomía humana: la boca ventanal y los brazos columnas esquineras con su expresión de espanto inanimado, la lengua era una colcha de edredón espesa y eso; eso que parecía tener hambre; hambre de sueño y levedad al mismo tiempo, y yo… ¡Yo me convertiría en su alimento! (traducción: la cama era gigantesca)
Desperté en la mitad de la noche. Me pregunté si habitarían fantasmas detrás de las paredes. Moví mi humanidad pausadamente, dudaba de mi cuerpo. Recorrí las cortinas de la pared más grande, nada. No había nadie ahí, ni retratos ocultos, ni más ventanas; sólo el muro desnudo vejigoso, algo cuarteado y enfermo de salitre, gimió, sentí, y al superar el calosfrío le devolví su piel de coágulo. Volví a la cama, me tapé con su lengua, y cerrando los ojos alimenté su hambre y me dormí.
Y sé que no permanecí así más de una hora. La luna apenas se había movido de su sitio. Alguien, o algo, estaba caminando alrededor de la cama, podía sentirlo mas, como era de esperarse, el miedo me paralizó. Me quedé quieto mientras esa presencia permaneció oscilando y oscilando en un vaivén tan rítmico que terminó por arrullarme. Y entonces soñé, aunque yo no lo supe hasta después...
Estaba dormido, pero me encontraba en la misma posición: tumbado sobre la cama boca arriba, con los ojos abierto, fijos en una forma que colgaba del techo, atento al movimiento circundante. Me di la cuenta entonces, de que por fin se había detenido y fue… como si recobrara la capacidad de respirar. Abrí la boca, sentí sobre mi lengua una amargura helada. Tenía que ser el aire sugestivo, tenía que ser… el aire.
Me quise levantar para encender la vela que alguien había dispuesto en la mesita de noche, pero me sucedió eso… esa parálisis que llega siempre justo en el momento menos oportuno. Se me trepó el muerto, como vulgarmente se dice, todos saben que no es más que un estado del sistema nervioso, pero de cualquier forma no podía moverme. Y eso era angustiante.
Me resolví a esperar a que el letargo se desvaneciera por sí sólo, y sabía que para eso necesitaba tranquilizarme, cosa que en aquellas circunstancias me parecía poco más que imposible. Mis temores crecían. Una sombra atravesó una de las cortinas y al dirigir mi mirada hacia ella ésta se trasladó hasta el lado opuesto. De la misma manera telepática ya se encontraba oscilando de nuevo frente a mí. “No puede ser, pensé, debo de estar soñando” y, como ya dije, efectivamente así era. Yo soñaba mi cuerpo que se encontraba tumbado en una cama sin poderme mover, siendo testigo de otras tantas cosas que en seguida voy a relatar.
Traté de controlar mis agitadas respiraciones, luego de varios intentos lo conseguí. Sentí cómo disminuyó mi pulso, poco a poco mis sentidos recobraron su receptividad. Fue como si quitaras el tapón de la bañera mientras tienes sumergida la cabeza en el agua; en ese instante sientes que el aire acude a tus pulmones y te alivia, y al mismo tiempo adviertes cómo viajan los sonidos por el canal auditivo antes congestionado por la presión del agua. En otras palabras: me había preparado para escuchar.
Era la voz de una mujer cuya boca y presencia no veía, pero de alguna manera podía sentir. Primero estaba cuchicheando en voz muy baja, tal vez rezaba. Enseguida empezó a sollozar y en poco tiempo sus sollozos se convirtieron en llanto incontenible. Para ese momento, yo ya no sentía miedo, al contrario, estaba convencido de que aquella presencia era completamente humana, sin embargo, aún no me recuperaba del letargo y mis músculos seguían sin responderme.
Me preguntaba cómo había podido entrar sin que yo la notara. Se me ocurrió que tal vez estaba ahí antes de mi llegada. Tantas interrogantes acudían a mi mente, que no acababa de lanzar una idea cuando ya formulaba la siguiente. Trate de hablar pero sólo conseguí lanzar un alarido que, a mí mismo, me produjo tremendo sobresalto. La voz de la muchacha se detuvo, y yo pude advertir su incertidumbre. La imaginé girando su cabeza en todas direcciones en señal de desconcierto y de un temor naciente como el que ella me había producido antes a mí. Definitivamente, ella tampoco debía tener conocimiento de mi presencia.
Yo pronuncie otro intento de articular, sin embargo, mis cuerdas vocales no me respondía como deseaba y esta vez, un largo gemido se escapó de mi garganta. La desesperación me sobrevino y se tradujo en una agitación que hizo temblar toda la cama. Si hubiera podido despertar sólo un nervio, un músculo por más pequeño que éste fuese... pero el letargo se hacía cada vez más profundo, cada vez me sentía más paralizado, más desesperado.
Mientras tanto, seguía escuchando los gemidos entrecortados de la mujer, que para esas alturas ya estaría muerta de miedo, oía cómo deslizaba su cuerpo frente a la pared, oí el rechinido de sus dientes y sus extremidades que temblaban al compás de su respiración desacompasada por la angustia. No la veía y sin embargo, estaba convencido de que estaba aterrada.
—¿Quién está ahí?— preguntó al fin, y su voz correspondía a la de una adolescente — ¿Quién es?
Guardó silencio algunos minutos y de nuevo comenzó a sollozar, ya no con la tristeza con que lo hiciera la primera vez, ahora su preocupación era evidente. Al poco rato se encontraba golpeando la puerta y desgarrando las cortinas con una pasión insoslayable. Luego gritó:
—¡Sácame ya! ¡Perdóname, no lo volveré a hacer! ¡Quiero salir! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!
Y como no recibiera respuesta, descompuso su cuerpo sobre el suelo y continuó gimiendo.
Vencí por fin el letargo y lo primero que hice fue gritar. Luego silencio. Me incorporé mientras examinaba la habitación a oscuras en busca de su imagen. La luz resplandeciente de aquella luna inmóvil nos estaba vedada por una espesa nube de aguacero. Una brisa milagro dejó que entrará un rayo moribundo por la ventana de aquella lúgubre pieza, en el instante mismo pude contemplar su rostro. Como hubiera adivinado, era una niña no mayor de quince años, de rostro pálido, lívido por el susto. En el instante en que me miró y la miré, pude observar el gesto de terror más extraordinario: sus ojos abiertos como relámpagos terminaban por partir su cuerpo ya encogido que se aferraba a la cortina con loco frenesí. Gritó de nuevo, y esta vez el temblor resonó por todas las esquinas de la casa.